viernes, 12 de octubre de 2012

Siendo los ojos diferentes, mirando siempre más allá de lo que puede el abismo, el inconsciente se abruma, las trabas de la realidad que siempre permanece te mira, con la frente torcida y la sonrísa picaresca de que algo está esperando.
Y no es otro que tú, en un estado omnisciente, poco consciente y a la vez dormido, donde las circunstancias te atronan como una tormenta de verano. Un buen día, sin saberlo, el sol se apaga y comienza a llover, desesperado por irse, por esconderse, cansado de iluminar se tuerce y vuelve a llegar la oscuridad.
El cerbero en la puerta, otro que te mira con deseos inhumanos, pero como la oscuridad ya no nos asusta, encendemos una vela, de esas pocas que permanecen escondidas en aguna parte de tu pantalón.
Yesca y pedernal.
Una chispa y adiós.
Su cara más cerca de tí de lo que imaginas, sus babas mojan tu cabeza, la rabia del perro te ahuyenta, pero no. No. Le miras a los ojos y le dices: NO.
Una vez el can fuera, las puertas cerradas te esperan, es el infierno infinito, el tuyo solo que debes atravesar con tus propios pies.
Y estando en el fuego, con la mente candente de recuerdo, te ahogas, sin respiración te quedas. Pero no, seguir andando y no, simplemente no.
Tras mese, años o media vida quizás consigues llegar al sol, tu solo, con tu abismo, y miras atrás, medio ciego y con la piel húmeda, los ropajes rotos, más viejo que ayer y viendo todo ese camino, sales al fondo sintiéndote tú en cada instante, porque lo has vencido, porque has podido. Y de nuevo forjándote la armadura, sales valeroso del combate. Sonríes, te miras y ya no eres el que era, eres el que simple y complejamente es.

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