365 días después, las gotas de rocío impregnaban la mañana.
El aire, cargado de olor a sangre y graznidos de aves sedientas de carne, calentaban la atmósfera que en aquélla época suponía ser helada. Amontonados los cuerpos como trapos deshilachados en la cocina de un cualquiera, sumaban miles de muertos, ya adheridos al suelo, formando un solo ser con la naturaleza, un solo formato y una vuelta más al ciclo inevitable de la vida.
Al levantar, las costras aún supuraban, a pesar del dolor aquejante, no miró ni una de ellas, solo un ruido en la lejanía le hizo levantar el habla.
Algunos, aún permanecían de pie, otros relinchaban de dolor en medio de la masacre.
Los que tuvieron opción, apenas se movían, pero él no, él siguió el rastro del guerrero al levantar la vez.
Si tuviera que definir el encuentro, ni la más bella flor que despierta en primavera con los primeros rayos de sol fotografiaban la escena, y acercándose al mentor, dejó que montara en su lomo, como 365 días antes de aquel suceso.
Mientras huía del terror como único conveniente de la escena, a lomos de su corcel, aún olía los árboles de cerezo de los campos de sus padres, a los que dejó atrás sin volver la vista, una vez más, sin saber si volvería.
Y volvió caminando grácil por el montón de escombros y arena, pero ni casa, ni padres ni cerezos en flor quedaban.
Apenas una adusta colina con vagas cenizas aún candentes.
Empezaba a anochecer en el camino hasta la Llanura de la Pena, aquella donde rezaba a los dioses nuevos, pero también a los antiguos, bajó de nuevo de su corcel, y dandole un azucarillo bajó de él dando palmadas al lomo, mirándole a los ojos y haciendo una silenciosa reverencia.
En lo más alto de la colina, donde lo ganó todo alguna vez, bajo el único cerezo en flor que perduraba, sobre la única piedra que le aguantaba y en los últimos rayos de sol quedaban, sacó su arma, y allí con el acto sagrado del honor pero sabiendo que todo lo había perdido. El único hombre vivo de aquella lucha descarnada, no habiendo conseguido su fin, cedió a la vida con un golpe seco del doble filo.
Y surgió el silencio, la negrura ganó de nuevo y el viento movió las ramas de aquel único árbol.

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